EL RUIDO Y LA FURIA
Alberto Híjar Serrano
Sin tomar acuerdo con proyectos semejantes, el Museo Carrillo Gil ha organizado su colección con otras aportaciones para la exposición Tiempos violentos. Incluye pinturas, dibujos, grabados, instalaciones y fotografías. A la par, la escuela de artes visuales del INBA, La Esmeralda, expone la obra de su recién egresada Lucia Vidales con el nombre de El ruido y la furia y en otra sala, un grupo de doce estudiantes del Taller Tridimensional, exhiben las obras con técnicas variadas reproducidas en un calendario con título elocuente escrito con letras llameantes: Presagios funestos. Del lado testimonial, el siempre alerta Salvador Díaz ofrece su película sobre los crímenes de Estado contra los normalistas de Ayotzinapa. Del País Vasco llega una tarjeta con una marcha con pancartas encabezada por Chaplin portando bandera roja en homenaje a una bella secuencia de “Tiempos modernos” donde trata de regresar a un transporte la bandera que se le cayó para convertirse sin quererlo en la vanguardia de una manifestación de precaristas. En la tarjeta, una pancarta exige libertad para los presos políticos y otra afirma “liberty or dead”. La dedicatoria a un costado afirma la alegría contra “el arte de nuestros enemigos es desmoralizar”. Algún falso pluralista oficioso diría que no es así, pero de que son enemigos no hay duda cuando, por ejemplo, inauguran torres muy costosas resultantes de enormes contratos fraudulentos. El ruido que nos aturde hay que darlo a entender.
Una visualidad simbólica irrumpe en medio de los tiempos y espacios violentos. No es épica aunque tenga que ver con la agitación y propaganda de las luchas populares tal como ocurre en la muestra del Taller de Gráfica Popular y los videos de marchas y eventos conceptuales incluidos en la exposición del Museo Carrillo Gil con el nombre de “Guerrilla paródica y carnaval en el espacio público” que muestran el estado de cosas en Ucrania, Rusia y Argentina con los grupos Etcétera e Internacional Errorista. No es la épica documentada en el libro de Arnulfo Aquino sobre la tradición que va de Linati en 1826 hasta los grupos de activistas de la comunicación en los movimientos de Oaxaca y Chiapas y el afanado en la impresión de una carpeta de grabados por la defensa de Wirikuta. Es en apariencia una anti épica objetivista incluyendo los estados del alma sin esperanza y con mucha furia. Lucia Vidales llama a esto “Nuestra maldición” en su tesis de grado presentada en 2011. Remite el sentido al ethos barroco propuesto por Bolívar Echeverría como crisis de los racionalismos para llenarlo todo con complejidades en las que contradicciones y ambivalencias construyen y deconstruyen una totalidad explosiva. Lucia se vale del montaje, el collage y de una pintura de lo grotesco con colores de alto contraste de modo de hacer del barroco una novedad simbólica lo mismo con escorzos que con frases integradas al espacio con tipografías claras de graffiti. Lucia intercala frases entre las obras para contribuir a su justa apreciación. Por ejemplo, Roque Dalton propone el sarcasmo y la ironía contra lo políticamente correcto (ya se sabe de la ausencia absoluta de buen humor en la clase política). Fanon remite a la tragedia de la colonización de los sentimientos y las ideas. Un tríptico de gran tamaño, alrededor de 3 x 2 cada una de las piezas, da a entender la vigencia de “La espada de Damocles” entre cuerpos famélicos de colores sucios, con rostros iracundos en cabezas desproporcionadas y alguna que otra referencia, en recortes de prensa o en caricaturas de potentados y militares y bosques talados e incendiados, para significar la amenaza que devasta la humanidad y la tierra con sequías, inundaciones, hambrunas, degradación del trabajo y los trabajadores, despotismo y fraudes por todas partes. El foco del Gernika de Picasso brilla aislado pero también como estallido a manera de efecto de historieta, no de historia. Los cuadros con formatos habituales detallan todo esto y uno en especial, hace escarnio de una consigna cara para el último tercio del siglo XX: Agruparse o morir con un despliegue de diez figuras armadas con cuchillos en la boca y los rostros de indignación en cuerpos sin gracia y con la negra ciudad a sus espaldas. Dibujos y grabados completan esta visión que pareciera sólo interpretar sin esperanza alguna de transformación. Pero en la coincidencia con el espacio pletórico de calamidades, de incendios y vorágines, de figuras mutiladas esculpidas por el grupo que proclama en el muro central de su exposición con letras llameantes “bienvenidos al fin del mundo”, hay un grito para negar al arte bonito o crítico dentro de los límites de las políticas de Estado (también Calderón habla de muertos, sequía y hambre). Se trata de conmover a fondo y sin concesiones, sin utopías inviables ni consuelos simbólicos, en beneficio de hacer intolerable el estado de cosas.
Una obra resulta terrible en el Carrillo Gil: un muro de unos 8 x 3.5m está tapizado por 716 esquelas publicadas por la muerte de Mónica Pretelini, la esposa de Peña Nieto tirada al olvido. Genealogía de un partido llama Diego Berruecos a este uso de la muerte reducida a protocolo político. Cuando creíamos que todo lo malo muy malo podía terminar por sí solo, los artistas indignados y con alta calificación técnica y estética, aseguran que la destrucción de la especie humana y el ambiente es un hecho cotidiano insoslayable si se quieren evitar salidas falsas.
Transformation
Hace 8 horas
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